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Terra
La Coctelera

Un final cualquiera

Nos despertamos después de mediodía.

-Eres un cabrón –escuché decir a mi compañero de piso.

Seguro que había visto sus discos regados por todo el lugar, o su ropa tirada secando el charco de ron que había en el comedor. Iba a recogerlo pero se me borró la memoria, la intención es lo que cuenta.

-Has dejado la llave abierta y se ha encharcado el piso del baño –menos mal que no ha visto su camisa favorita tirada en el piso empapada de ron y con manchas de refresco.

-Ah, sí… La llave. Está rota, ¿no lo recuerdas? –le dije después de ir a verla. Por lo que vagamente recuerdo fue su borrachera la que provocó los estragos en el baño, esa fue su zona. ¿A quién se le podía culpar cuando ninguno de los dos recordábamos absolutamente nada de lo que había sucedido unas horas atrás?

La casa seguía girando a nuestros ojos de la misma forma en que lo hiciera la pasada noche, antes de que todo se volviera negro en la memoria. Cada cuarto se había transformado en un laberíntico infierno sin salida. El pasillo se erguía interminable ante nosotros, agitado por un balanceo constante que nos impedía avanzar con cierta seguridad.

La resaca mordía fuerte. Aún aturdidos por los restos de alcohol en la sangre y el zumbido mareante de la música en los oídos aspirábamos llevar a cabo un inventario mental de los desperfectos que el desenfreno de la noche pasada nos había movido a realizar.

El aire enrarecido y putrefacto parecía consumirse por momentos. Y poseído por un cuerpo exhausto y dolorido que ansiaba vengarse de sí mismo, comencé a sentir que el aire no llegaba a mis pulmones. La obsesión de esa idea cada vez se hacía mayor y movido por el miedo y el ahogo corrí como buenamente pude hasta la ventana. Fuera, el frío invierno me devolvió poco a poco a la vida.

Andaba ensimismado en el gusto extremo de ese renacer, cuando un nuevo golpe me volvió a dejar sin aliento. Pero ahora no era mi cuerpo el que se cerraba al aire, sino la sorpresa que me produjo la visión terrorífica que descubrían mis ojos.

Frente a mi no estaba el edificio gris de terrazas oxidadas donde vivía aquella chica con la que buscaba encontrarme bajo cualquier pretexto. Tampoco el restaurante chino que se situaba justo en sus bajos. Ni la copistería. Tampoco la sucursal de banco y el mendigo que como cada día acudía a su puerta. Nada de lo que debiera estar allí estaba. La calle a la que nuestra fachada se asomaba había desaparecido y un colosal muro de hormigón, inabarcable a la vista se alzaba ante nosotros.

Un mareo no comparable a ninguno de los que el alcohol me produjera jamás, hizo que cayera sobre mis rodillas. Tiritaba y balbuceaba algo que mi compañero, espantado por verme así, no lograba entender. Corrí hacia la ventana de mi cuarto, ésta se encontraba en la misma cara de la fachada que el salón. El tiritar de la carne continuaba, y el mareo, alimentado por el miedo que sentía, cada vez era mayor. Cuando descubrí que la misma pesadilla a la que me había enfrentado hacía un instante continuaba ahí, di un grito de pavor y señalé al exterior sin poder decir nada más. Mi compañero no podía dejar de mirar mi mano extendida sin entender que ocurría. Al cabo de unos segundos, con su mirada dibujó la trayectoria que yo le indicaba. Cayó desplomado, como yo lo hiciera hacía apenas unos minutos antes. Comenzó a reír. Pasado un instante me miró serio y me amenazó diciendo que qué tipo de broma era aquella. Yo le respondí que no era, hasta lo que yo sabía, broma alguna.

Ninguna de las ventanas mostró algo distinto a ese inquietante bloque de hormigón. El muro parecía recorrer toda la extensión de la casa. Pero de dónde había podido salir algo así.

Pensamos que lo adecuado sería ir a compartir nuestro desconcierto con el resto de vecinos que convivían en el bloque. Necesitábamos compartir el miedo, convencidos por la idea absurda de que cuanta más gente fuera partícipe del mismo, menos porción de éste nos correspondería a cada uno. Convenciéndonos el uno al otro de que todo debía tener una explicación absurda de la que luego nos reiríamos a carcajadas. Intentando mostrar tranquilidad, mi compañero y yo nos dirigimos hacia la puerta. Pero el destino atroz nos tenía preparada una nueva sorpresa. Al abrir la puerta, el muro apreció frente a nosotros.

Un ambiente glacial inundó el espacio y se coló hasta cada uno de nuestros huesos. El pasillo había desaparecido. Las demás puertas de las casas restantes también. Tan sólo un espació de unos 5 centímetros separaba nuestra entrada de la inquietante visión.

Siempre he sido débil. Y la poca entereza que había intentado mostrar hasta el momento se me escurrió por entre los dedos sin poder hacer nada al respecto. Estaba asustado como nunca lo había estado y como nunca después lo volvería a estar. La idea de ese entierro en vida me golpeaba continuamente en todo el cuerpo, de una manera tan contundente que pensé que lograría hacerme sangrar. Mientras yo perdía la razón, mi compañero se dirigió de nuevo al salón y descolgó el teléfono. Pero de nuevo el muro nos tapiaba la salida. Ningún ruido al otro lado. Como era de esperar, alguien había cortado la línea.

La música sonaba atronadora recorriendo cada recoveco de la pequeña casa. El ambiente era una mezcla de humo y sudor. El alcohol corría más allá de los vasos. Se derramaba allí y acá, como una lluvia dulce que nos alegraba. Sus efectos se iban notando en cada uno de los asistentes a la fiesta. Mi compañero y yo; dos amigos de la universidad. Unas amigas de uno de ellos. En total 7 personas.

Recuerdo las risas, los destrozos. Vagamente el momento en que mi compañero rompía la llave del baño en una muestra de su hombría. Bebimos y fumamos hasta altas horas de la noche. La marihuana poco a poco fue envolviendo todo de cierta plasticidad. Los contornos se iban difuminando. Hasta que la casa se volvió humo.

Qué había sucedido en esa noche. Qué provocó esta situación.

De repente todo comenzó a crujir. La casa parecía estar desquebrajándose por momentos, las paredes comenzaron a agrietarse. Algunos de los cuadros de la pared cayeron al suelo, al igual que las botellas vacías que quedaban en la mesita del salón. No entendía que estaba ocurriendo. Pero sabía que fuera lo que fuese aquello no era indicio de nada bueno. Corrí como el miedo y el malestar de mi cuerpo me permitió hasta la ventana. El frío cada vez era mayor, pero mi cuerpo sudaba. Estaba volviéndome loco y comprender de donde provenía todo aquel crepitar no me ayudo. El muro estaba comenzando a avanzar en dirección a la casa, y poco a poco está se hacía más y más pequeña, impulsada por las embestidas que la cárcel de hormigón que la envolvía provocaban.

La casa estaba encogiéndose, y nada parecía poder hacerse. No existía ninguna salida. Ventanas, puertas, todo estaba tapiado por aquel infranqueable muro que se levantaba hasta donde la vista se perdía. Me oculté como pude tras el sillón, y como un niño pequeño que huye del monstruo salido de su armario, tarareaba una canción infantil, con la que intentaba escapar de aquel horror. Tras unos minutos todo pareció detenerse.

Me levanté de mi escondite y miré a mi alrededor. Todo volvía a estar en calma. Tranquilo, inmóvil, silencioso. Pero dónde estaba mi compañero. Lo busque por toda la casa. Simplemente había desaparecido.

Me encontraba en su cuarto cuando escuché las voces. Aquellos gritos pertenecían a mi compañero, a mis amigos, a todos aquellos que estaban invitados a la fiesta. Pude reconocerlos, pero no entendía lo que decían. Antes de que pudiera identificar su procedencia desaparecieron, El silencio lo inundó todo de nuevo. Volvía a estar solo, pero sin apenas tiempo para entender lo que estaba sucediendo el crujido volvió a mis oídos, y con él, aquel asfixiante movimiento que indicaba el decrecimiento de la casa.

Esta vez, todo fue mucho más rápido. Las paredes parecían tener más prisa por encontrarse. Yo me encontraba en el centro de la sala. Solo. Asistiendo sin poder evitarlo a una muerte que se me presentaba tan angustiosa como incomprensible.

El aire me faltaba. Notaba el pulso acelerado, el cuerpo frío. Y antes de que todo acabara, de que las paredes terminaran por hacerme desaparecer, justo en el momento en que notaba que mi alma se alejaba de mi cuerpo, los vi, a todos ellos, con las caras desencajadas de terror, tumbados a mi lado.Los asistentes a la fiesta, mi compañero. De nuevo estaban allí, parecía como si la fiesta continuara realmente.

*

En el momento preciso en que la angustia experimentada me hacía cerrar los ojos por última vez, pude vislumbrar, entre el desorden, la bolsa de plástico que contenía las setas.

Argumentación

La existencia de una serie de imágenes grabadas y enviadas a la cadena de televisión NBC por el propio Cho Seung-Hui el pasado mes de abril, instantes antes de dirigirse a la universidad de Virginia donde terminaría con la vida de más de una treintena de estudiantes, deja una puerta abierta al debate sobre el papel de los medios y la necesidad o no de una ética audiovisual.

En este conflicto moral subyace un dilema ético que plantea si sería moralmente aceptable emitir los videos que el propio asesino facilitó a la emisora, o si por el contrario hacerlo, más que velar por la libertad de expresión y el derecho a la información, supone un claro ataque a la sociedad y la responsabilidad moral para con ella.

Muchos no encontrarán ante tal situación conflicto moral alguno, en tanto que las imágenes citadas no muestran instantes del momento en el que el joven dispara a quienes fueran compañeros de universidad. Y quienes así lo vean, o incluso quienes sean partidarios de la emisión de estos videos, puede que recurran a los citados anteriormente derechos a la información y a la libertad de expresión.

Cierto es que estos derechos son pilares fundamentales de toda democracia, y su incumplimiento supone un claro ataque a los valores democráticos. Pero es entonces la no emisión de un video grabado por el asesino en un instante de exaltación, tras asesinar a dos personas y disponerse a hacerlo con treinta jóvenes más, un asalto al derecho a la información. La noticia de los hechos sucedidos en EE.UU. fue más que tratada y analizada por los medios, tanto nacionales como internacionales. El artículo 20.1.d de la constitución española afirma que Se reconoce y protege el derecho a comunicar o recibir libremente información veraz por cualquier medio de difusión. Derecho fundamental que ha venido siendo interpretado por la jurisprudencia del Tribunal Constitucional de España, como un derecho en “aras del interés colectivo en el conocimiento de hechos que puedan encerrar trascendencia pública y que sean necesarios para que sea real la participación de los ciudadanos en el desarrollo de la vida colectiva”. Por tanto la sociedad tiene derecho a acceder a la información y conocer los hechos acometidos aquel día en la universidad de Virginia. Amparados por una libertad de información que conlleva a una libertad de pensamiento y ayuda a poner sobre la mesa ciertos problemas de ámbito social y cultural que de otra manera quizá no se destacarían. Pero con esto no quiere decir que tengamos derecho a ser testigos de todo aquello que pudiera ser noticioso o esté en manos de los medios.

Los periodistas, como agentes con un papel destacado dentro de la sociedad, evalúan las informaciones para hacerlas llegar de la forma más adecuada. Así, igual que no es conveniente que imágenes robadas de famosos salgan a la luz cuando se incluyen dentro de un contexto privado, igualmente ciertos videos, como el ahora citado, deban ser presentados a la sociedad. Los medios tienen un compromiso con ésta y deben velar por su protección y su sensibilidad.

Pero aquí entramos en uno de los peligros que amenaza el periodismo y la información mediática: el sensacionalismo.

Los medios, y en mayor medida la televisión, incitan a la dramatización. El mundo de los negocios, que parece dirigir desde hace unos años los medios, descubre que la verdad ya no es importante; ahora lo que vale, y sobre todo lo que vende, es la verdad espectáculo. Y esto es lo que el video emitido por la cadena de televisión norteamericana añade a la noticia. Una llamada al morbo que haría subir los índices de audiencia de manera escandalosa fuera cual fuera la cadena que emitiera las filmaciones.

¿Implica el derecho a la libertad de expresión no poner límites ni barrera alguna a ésta? ¿Todas las opiniones tienen cabida en los medios en una sociedad, como la actual, en la que estos gozan de tal relevancia?

Berkeley dijo que “ser es ser visto” Bordieu tomando esta frase como referencia concretó que hoy en día “ser visto es ser visto en la televisión”. De esta forma, los medios de comunicación, conscientes de la realidad de estas palabras, deberían de llevar a cabo una reflexión inteligente, que tomada desde un enfoque ético, pueda acotar lo que en estos deba o no tener cabida. Es necesario que el periodismo se legitime así mismo y evite que cualquiera que quiera su minuto de gloria encuentre en el crimen, el delito o el escándalo la forma de encontrarlo. Los periodistas deben impedir convertir a los medios en una ventana abierta a toda clase de excéntricos, superficiales y ávidos de fama y dinero fácil, que en los últimos años parecen haber inundado todas las informaciones.

El reinado de la prensa rosa ha concluido. Ahora las informaciones y los niveles de audiencia han girado hacia el más extremo amarillismo. Lo sociable llevado hasta el extremo es lo que vende. El morbo de conocer los sentimientos humanos, y las emociones desde el lado más cercano. Y esto lo han comprendido hasta los espacios informativos más serios que no han dudado en inundar su guión de sucesos escabrosos que atraigan a la audiencia más perniciosa.

Todo campo que quiera gozar de cierto prestigio y consideración dentro de la sociedad en la que se inserta debe revestirse de moralidad, presentando como meta principal la defensa de la dignidad humana. Ante el conflicto moral aquí presentado, los medios de comunicación se sitúan como agentes relevantes dentro del mismo, donde entra en juego este prestigio antes citado. Entendidos como una organización ética dentro de la sociedad en la que se mueven, los medios deben configurar y seguir una actitud moral que respete y esté en consonancia con los valores de los ciudadanos, con la moral cívica propia de esa cultura. Así, aunque la libertad del sistema en el que se desarrollan consienta la total libertad de actuación, esta misma libertad les lleva a situarse como únicos responsables de los hechos cometidos. Deben, aunque la legalidad se lo permita, operar desde una perspectiva racional con la moral existente. Es de esta forma, que como ya se mencionó, la protección de la dignidad humana debe ser uno de los hábitos que deben ser asumidos en el “carácter” que como tal se vaya formando la organización, entendiendo como tal a los distintos medios de comunicación. Y así este respeto por la dignidad humana, siguiendo la doctrina kantiana que nos habla de la utilidad de los seres, nos lleva a considerar a estos, no un medio, sino un fin en sí mismos.

No sería ético, por tanto, utilizar las imágenes suministradas por el asesino como estrategia para aumentar nuestros índices de audiencia, porque no será o no debería ser este nuestro objetivo a perseguir. Sino la mera información y la formación de la audiencia.

En ciertas legislaciones vigentes, como el Estatuto de Radio y Televisión, y la ley de la Televisión privada, los medios son definidos como <<servicio público esencial>>. Siendo esto así, y teniendo en cuenta la relevancia de la que actualmente gozan, es difícil negar el importante factor socializador que desempeñan. Es por ello necesario e imprescindible que los medios asuman una cierta responsabilidad moral para con la sociedad. Esta responsabilidad ética sumada a su función formadora hace impensable que ante los valores que se intentan inculcar al conjunto de la ciudadanía, los medios enaltezcan la violencia. Y aunque este video no busque fomentarla, su emisión, el morbo y el sensacionalismo que proporciona, sumado al carácter morboso de gran parte de la audiencia, puede llevar de una manera implícita a ser entendida su difusión como publicidad gratuita de la violencia, el fanatismo o el terror.

Considerando así, que los medios de comunicación, conscientes de la citada relevancia que atesoran, tengan en cuenta la adopción de un código ético, y esta aproximación filosófica les lleve a saber actuar de manera acertada en cada situación.

Desde una perspectiva utilitarista, teniendo en cuenta las consecuencias de los posibles actos (la emisión o no del video), podría considerarse esta segunda opción, que la cadena de televisión decidiera por conveniente no emitir las imágenes filmadas por Cho Seung-Hui, el acto adecuado al producir éste el menor grado de infelicidad.

La felicidad, fin último de todo hombre, debe pasar a formar parte de la reflexión interna en la actuación de cualquier institución, poder o empresa inserta en toda sociedad. Determinándose como fin específico que le haga cobrar su legitimidad social.

Recuerdos de Panero

Lánguida noche, ésta que ahora nos envuelve

Con su manto de olivo fresco y viento suave,

Reclino mi cabeza en tu costado,

Con una mirada de virgen sucia y arrepentida.

Lisboa

Pero a veces soy diferente, y tengo lágrimas, lágrimas de esas calientes de quienes no tienen, ni tuvieron madre; y mis ojos ardiendo de esas lágrimas muertas, arden dentro de mi corazón
Pessoa

Cumpleaños

Todo terminaba por desaparecer, por marcharse. Primero fueron los cerezos más tarde los cachorros, después llego el muro y en último lugar su huida.

Se los llevaron sin más, sin una explicación, sin un motivo aunque fuera inventado. Nadie se molestó en dar sentido al desorden que causaba aquel dolor en ella. Atravesada en toda su perspectiva desde el preciso instante en que los vio montar en el coche, ingenuos a su destino, supo que ya nada podría esperar. Si al menos le hubieran dejado un sitio donde llorar, quizá hubiera podido evitarse el desastre. Pero se habían llevado los cerezos, y con ellos la magia de aquel lugar, por lo que hubo que buscarse otro sitio; otro escenario donde creer en todo lo perdido y lo soñado.

El humo dibujaba extrañas formas en el aire. Contornos inertes que no dejaban de excitarse al primer contacto con el frío del exterior.

esta noche fria y silenciosa escucho su respiracion pesar

Esta noche fría y silenciosa,
Escucho su respiración a pesar de la distancia.
Los secretos que tengo en la punta de la lengua,
Gritan por ser confesados a su oído.

Suavemente, lentamente.

Como siempre lo he querido.


Invierno

Espero junto a mi cama a que llegue el frío para ocultarme en él, queriendo abrir las ventanas y echar a volar. Con alas, sin ellas. No importa el destino, sólo saltar.

Saltar hasta convertirme en canto, en pluma, en aire...

estoy la cama enroscada sobre mi misma mas este

Estoy en la cama, enroscada sobre mi misma, lo más que este cuerpo de mimbre me lo permite; a veces quisiera ser serpiente, flexible y verde; Lo sueño a diario, lo estoy soñando ahora mismo, tengo lengua viperina y ausencia de huesos.

Estoy viendo el borde de la cama, la pared azul al otro lado, me marea, pero no aparto la mirada, por que hay un extraño placer en todo ello, la perdida de la vista, las imágenes diluidas que se alejan y se acercan por momentos.

Va a aparecer, lo intuyo, está en el aire enrarecido de mi cuerpo; sólo espero a que eso ocurra.

Un crujido.

No, no es un crujido, he perdido la expresión y el recuerdo de lo escuchado, y aunque puedo vagamente volverlo a recrear en mi cabeza, no logro sacarlo más allá de ella, no puedo clasificarlo, pero no es un crujido; sea lo que sea es el anuncio de su llegada.

Rápido, sin apenas tiempo para darme cuenta de que estaba sucediendo, al sonido le ha seguido otro de mayor intensidad, la jaula se ha abierto y el conejo blanco de un salto ha aparecido ante mí.

Me mira, ahora tengo miedo, se lo que va a ocurrir, pero lo acepto sin ni siquiera ser consciente de ello.

El conejo viene hacia mí, abre sus fauces (para mi en estos momentos la boca de el pequeño roedor lo son) y gggggggggrraauuuuum de un sólo bocado me ha engullido.