Soy un ladrón, un timador. Un granuja, un embaucador, un caco, un ratero, un canalla, un pillo, un chupasangre o un sisón. Como quieran llamarlo. Lo soy. Aunque yo simplemente prefiero decir un pícaro. Siempre me agradó esa palabra. Tiene gusto, raza, carácter. Incluso un género literario que le hace honor. Como ven gozo de un amplio vocabulario.

Es cierto, todos conocemos más del mundo en el que nos movemos. Pero yo también podría hacerlo con otros términos. Escojan uno: Loco.

Demente, lunático, enajenado, alienado, trastornado, perturbado, delirante, rematado, chiflado, majareta, grillado. ¿Quieren que siga? Lo entiendo, quizá piensen, por lo que hasta ahora saben de mí, que también la locura pude ser un ámbito en el que me mueva con soltura. No les diré que no, en mi opinión, todos andamos cerca de rozar la demencia. Pero hay algo bello en ella, que me atrae sin recelo alguno. Aún así no lo estoy; todavía. Sólo quería quitarles de la cabeza esa imagen, que apuesto sin temor a perder, ya tienen en sus cabezas sobre mi persona.

Un tipo ruin, de bajos fondos, sin estudios ni cultura. Con una turbia historia tras mis pasos yun par de críos que alimentara pesar demi edad.

Puede que mi comienzo no fuera el más acertado para causar una buena impresión, tampoco era esa mi pretensión. Tan sólo contar mi historia, dejarla escrita para el deleite de unos y el horror de otros.

No puedo narrar con exactitud el momento en que todo giró. En momento preciso en el que el blanco pasó a ser negro y el negro, quien sabe, quizá gris. Como les he dicho no provengo de una familia analfabeta y rústica que me crío en un ambiente donde la pillería era el método más común para sobrevivir.

De familia acomodada, crecí en los mejores colegios de México, país del que provengo. Gracias a ello hablo tres idiomas, leo Latín y Griego, y sé distinguir un Mi bemol o un Re sostenido. Ahora sus gestos son de desconcierto. Puedo imaginar la expresión de sus caras: Las cejas fruncidas, juntas, la boca algo abierta. Incluso algún exagerado puede que levante las palmas hacia arriba rogando una explicación coherente para todo esto. Siento decirles que no la hay, o al menos yo no puedo suministrársela.


Estudié una carrera como anteriormente cada uno de los miembros de mi familia hicieron. Bien es cierto que no seguí sus pasos. Ya desde el primer momento, supe que el Derecho no era para mí. Supongo que en cierta media adivinaba que la ley y la justicia eran conceptos que asimilé con cierta relatividad en lo que al resto se refiere. Pensé entonces que la arquitectura sería mi opción. Pero no consideré que fuera bueno con los lápices y tampoco me di la oportunidad de probar tal error.

Era, soy, y definitivamente seré un amante de la música y el cine. Un apasionado que sueña con acordes y melodías en todas sus escalas y estilos de expresión. Pero mis progenitores no aceptaron que me dedicara a tocar un instrumento, por muy aristocrático que este fuera. Así que, reservando mi entusiasmo por los pentagramas para mi propia intimidad y deleite, concluí matricularme en la facultad de comunicación guiado por mi atracción hacia el séptimo arte. A mitad de carrera poco me importaba esto ya. Descubrí que no era como imaginaba, que sí algo quería aprender, no era ese el lugar adecuado para ello. Estudiaba toda asignatura sin distinción alguna de si me interesaba o no. Aprobaba sin esfuerzo alguno y mis notas y mis calificaciones, al igual que los conocimientos adquiridos, iban siendo relegados al desván del olvido con cada final de curso.

En clase siempre me caractericé por mi seriedad. Sobrio y un tanto distante, intentaba distanciarme del prototipo de universitario, que por aquel entonces, atestaba las aulas. Cuando alguien me invitaba a una fiesta, donde el único atractivo para acudir era el alcohol y las mujeres de escaso cerebro y fácil conquista, tan sólo me bastaba mirar a los ojos del supuesto anfitrión, para que éste se diera por respondido y se alejara lo más rápido posible.

Nada tenían que aportarme esa panda de chiquillos mimados jugando a ser vulgares. Tampoco, por el contrario, los alumnos más destacados y brillantes eran para mí más interesantes que los juerguistas antes mencionados. Su afán por destacar y convertirse en alguien de provecho que terminara dirigiendo la empresa familiar o el algún ministerio del país, me resultaba igualmente repulsivo, nimio. Todo me dejaba frío a mi alrededor.

Y un día, en que todo transcurría como era habitual, la rutina saltó por los aires, y el viento cambió su dirección.

Lo vi. Simplemente lo entendí. Me coloqué el sombrero, me arreglé mi cabello, ya un tanto largo, y salí de la universidad completamente cegado por mi visión.

Desde aquel día todo cambió para mi. Ahora sigo disfrutando de una prolija fortuna que malgasto al mismo tiempo que administro. Pero ésta no se debe a la herencia familiar, a mi pomposo apellido, o a los honorarios conseguidos gracias a mi titulo universitario. Desde aquel día me he dedicado a estafar; a timar tanto como he podido, y en mi favor he de decir, que con los años me he ido convirtiendo en todo un maestro del arte de la picaresca.

Y lo mejor de todo es que los prejuicios de todos ustedes me han ayudado en mi carrera. Quizá ahora que saben esto se anden con más cuidado, y desconfíen de todo buen caballero que tenga acento latino. Puedo que esto me ponga las cosas más complicadas, quizá este era mi objetivo final: avivarme la existencia ahora que me hago mayor.

Ya saben, estén alerta. Como dicen en su tierra, el que avisa no es traidor. Esto es un juego donde, por muy despiertos que crean estar, siempre resulto ganador.

Y yo, permítanme el descaro, aún tengo muchas ganas de seguir jugando.